Las tierras de Portugal han conocido la ocupación humana desde tiempos prehistóricos como muestran algunos de los asentamientos y numerosos emplazamientos megalíticos hallados.

Hacia el segundo milenio antes de Cristo los asentamientos del norte de Portugal se realizaban en castros situados en lugares estratégicamente defendibles con poblaciones que vivían de la agricultura y de la ganadería. Sin embargo, en el sur los pueblos autóctonos tuvieron contacto con civilizaciones comerciales como los fenicios y los griegos, interesados en las riquezas minerales de la zona.


En el siglo V a. de C. junto con el resto de la península el control pasó a poder de los cartagineses que lo perdieron en favor de los romanos como consecuencia de la segunda guerra púnica.

Los lusitanos resistieron durante dos siglos el empuje de las legiones romanas, destacando en este aspecto el famoso pastor Viriato, que a base de su estrategia de guerrillas tuvo en jaque a las fuerzas invasoras hasta su asesinato en el 139 a. de C.

Los romanos trajeron a Portugal, como al resto de Europa, la lengua, el derecho, la moneda y finalmente el cristianismo.

En el siglo V algunos pueblos bárbaros como vándalos y alanos llegaron a estas tierras, dejando paso en el 419 a los suevos que se hicieron con el dominio efectivo de las tierras. Después de numerosas tensiones en el 585 el control de la zona pasó a manos de los visigodos que lo perdieron cuando los pueblos árabes desembarcaron en la península ibérica en el 711. De estos pueblos cabe destacar sus aportaciones en el ámbito de la agricultura.

La conquista de Portugal por parte de los cristianos se inició a mediados del siglo VIII.